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PUENTE GENIL POR LA SANTA CENA -SINTESIS TEOLÓGICA

Por D. José Cabello Cañete Revista Semana Santa 1984

Entre el policromado parnaso de imágenes y figuras que constituye la Semana Santa pontana, faltaba algo, que por su importancia escriturística y teológica encarna y significa la esperanza y aspiración espiritual del pueblo hebreo con prefiguraciones veterotestamentarias y que constituye a la vez el epicentro del evangelio, el indeleble tatuaje de la fe neotestamentaria, la esencia espiritual del Cuerpo Místico y la confraternidad y el amor de Cristo con su Iglesia, tanto en el sacerdocio común, como en el sacerdocio ministerial; «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos» todos somos parte de un solo cuerpo, con la misma savia.

Meditando los conceptos anteriores, deduciremos que vamos a ocuparnos de la Eucaristía que nos unifica corporal y espiritualmente a todos los cristianos y como dijo el Maestro: «Quien come de mi carne y bebe de mi sangre, en mi mora y Yo en él». En la antigua ley, la Eucaristía se predice figurativa y simbólicamente en el Maná, en las codornices del éxodo, en el agua de la peña de Horeb, en la población de Melquisedec, en los sacrificios, en los panes de la propiciación y entre otros muchos en el cordero pascual. La Eucaristía sitúa al creyente con Cristo, Sumo Sacerdote, siempre vivo y en estado de víctima, en el sacrificio de la Cruz. 

En referencia a las consideraciones iniciales de este trabajo, debemos de exponer que allá por el siglo XVI existía en nuestra ciudad pontana la Hermandad de la Santa Cena instituida canónicamente en la capilla de la Vera-Cruz y que avatares del destino histórico de nuestro país hicieron desaparecer con el consiguiente sacrilegio, las imágenes titulares, atributos y enseres. Asi quedó nuestra singular «mananta» histórica y viva, con la falta del epicentro teológico de su gran auto sacramental, que desfila con líricos acordes de fervor, por sus amplias avenidas y por el místico engranaje de sus calles estrechas y evocadoras doseladas por el palio de luz y oro de las noches abrileñas, que recogen los cánticos penitenciales y líricos acentos de todo un pueblo, que se constituye como autor y actor del misterioso drama del Calvario. 

Hoy renace esta Cofradía, con el trabajo inteligente y la entrega de un grupo de pontanenses y la colaboración de todos, con slogan de ¡Puente-Genil por la Santa Cena! Esta Cofradía, representa una trilogía de los divinos misterios que encarnan tres piezas fundamentales de la doctrina de Jesús y de su Iglesia: La institución del Sacramento y del Orden sacerdotal, el Lavatorio de los pies y el Mandamiento Nuevo, lo que vamos a escribir procurando sintetizar y la posible claridad en la expresión. Ha llegado en Israel el día de la Pascua que conmemora la celebración bíblica del pueblo con la liberación del yugo egipcio y la salida hacia la tierra prometida. Todas las familias, se disponen con el aleluya del triunfo histórico, a celebrar el acontecimiento. Jesús y sus Apóstoles que venían procedentes de Betania, al doblar las alturas del Monte Olívete, se presentan ante ellos el singular espectáculo de las tiendas de campaña, que proliferan ante el adorno de las enramadas, que lucen sus mejores galas para ornamentar a la fiesta nocturna; sale el humo de los hornillos, que deriva hacia el cielo como acción de gracias a Yahvé, producido por el asado de los corderos, que suponen la víctima propiciatoria que se ha de inmolar en la cena. Un suave murmullo de oraciones, aleluyas y gritos rasgan el viento desde el fondo del valle hacia las alturas. Jesús camina con ferviente anhelo de celebrar la Pascua; Ve en lotananza el huerto de Getsemaní, la torre Antonia, los palacios de Caifás y Anás, el de Herodes, la calle de la Amargura y el Calvario.

Al llegar al Cenáculo, se disponen para celebrar la Cena Pascual. Jesús se prepara para el Lavatorio de los pies y aunque algunos autores opinan que fue el final de la Cena, vamos a describirlo en primer lugar dejando para luego la. Institución Eucaristía y el Mandamiento Nuevo.

Finalizado el lavatorio, dice Jesús a sus apóstoles entre otros preceptos: «Os he dado ejemplo, para que como yo hago con vosotros, asi lo hagáis vosotros también, porque si lo hacéis, seréis bienaventurados». Acto sublime de humildad en la que Cristo Autor y actor, nos enseña la igualdad de todos los hombres: del señor y del siervo, del rico y el pobre, del universalismo étnico y racial y sobre todo, aquello del que se «humilla será ensalzado y el que se ensalza, será humillado».

Tomen buena nota de estas conclusiones, los vanidosos, los mayestáticos, los poderosos, los seudocristianos que, porque practican el culto personal, singular y para ellos solos, se creen mejores que los demás; los que en el templo se ponen más cerca del altar como en la parábola del Fariseo, los «sepulcros blanqueados» que a veces son la «raza de víboras» de sus hermanos y se olvidan que la Iglesia es Pueblo de Dios…

Jesucristo, ya terminada la Cena legal, cogió el pan, lo bendijo y partiéndolo, lo dio a comer a todos sus apóstoles diciendo: «Tomad y comed todos de El porque éste es mi cuerpo» y seguidamente bendijo el Cáliz con vino diciéndoles: «Tomad y bebed, porque ésta es mi sangre; la sangre del Nuevo Testamento, la que por vosotros y por muchos será derramada, para la remisión de los pecados» «Haced esto en memoria de mí». Asi fue instituido el Sacramento de la Eucaristía con lo cual la sustancia de pan y vino se convierten real y verdaderamente, en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La comunión bajo la especie de pan, fruto de la tierra, significa el conocimiento de los misterios de la vida telúrica, la posesión fraterna de los bienes de la tierra y la perfecta unión con los hermanos. En otro grado, el vino que también es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, es la sangre espiritual de los bienes celestes, la participación de los misterios espirituales del hombre con la ciencia divina; ambos son la fuerza de Cristo y de su sacrificio; la cadena del amor invisible pero infrangible entre El y los suyos.

En cuanto a la presencia real, se han producido varios errores: Berengario, que en el siglo XI negaba la transustanciación, Escoto, Himenarío Reins, que afirmaba que en el sacramento sólo existía la memoria de la carne y la sangre del Señor. Lutero, que negaba la transustanciación. Zwinelio, que consideraba la Eucaristía como símbolo para exaltar la fe. Calvino, que afirmaba que la presencia real, era solo símbolo de Fe.

El evangelista Juan, en el cap. 6 dice que Jesús, «es el pan de Vida» y el pan eucarístico. Pablo, en su carta a los corintios afirma que el que participa, come verdaderamente, el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por esto la misa es una celebración COMUNITARIA de la familia cristiana.

Si consideramos la Eucaristía a la luz del Concilio Vaticano II en el número 7 de la Constitución Lumen Gentium y bajo el título «Cuerpo místico de Cristo», dice literalmente: «En ese cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los creyentes, quienes están unidos a Cristo paciente y glorioso por los sacramentos de un amor arcano, pero real». -Y deduce porque el

Pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese mismo Pan. Así nosotros, nos convertimos en miembros de un mismo cuerpo y cada uno, es miembro del otro. Según la Encíclica «Mysterium Fidei» de Pablo VI y el Credo del Pueblo de Dios, Cristo sacramentado es alimento no individual sino de unión en toda la Iglesia y Dios, como dice San Pablo, entregó a Cristo por todos nosotros (Rom. 8, 32).

La transustanciación consiste como dijo el C. de Trento en la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que cambia la sustancia, pero persisten los accidentes de olor, color y sabor no demostrables por la ciencia, pero sí, por métodos ontológicos.

En la Encíclica «Mysterium Fidei» de Pablo VI aparecen los términos de transignificación y transfinalización porque Cristo está en toda la Iglesia en cuanto a signo de una cosa sagrada con significado de unidad y cuerpo y en cuanto a fin, con una realidad que llamamos ontológica y en razón de comida, en cuanto a su presencia viva y santificante.

La doctrina de la Iglesia confirma la transustanciación en la profesión dirigida a los waldenses en el Concilio IV de Letrán, en la profesión de fe dirigida a Miguel Paleólogo, en el Concilio de Lyon y en la definición dogmática de Trento y confirma que en la misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio semejante al de Melquisedec que ofreció pan y vino en su calidad de sacerdote del Dios Altísimo (Gen. 4. 18 y 20).

En el discurso escatológico de Jesús después de la Cena, les ofrece a sus discípulos y a todos nosotros el Mandamiento Nuevo que pudiéramos llamarle el «alcaloide» de la caridad, la esencia y naturaleza de la «paz» humana y que sublimiza a la vez, todo el Decálogo de la ley Mosaica: «Que os améis los unos a los otros como Yo os he amado».

Los tres misterios que hemos considerado en este breve trabajo encarnan la más importante y sustantiva dimensión social porque el hombre no ha resuelto el problema de la «soledad»; la civilización se dirige a la masa y es que allí donde existe un solo hombre, existe ansia de auto comunicación profunda, de mirarse hacia adentro, de conciencia de amor, que debe inexorablemente de proyectarse hacia la Comunidad.