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amor2

Parece que fue ayer....

D. Antonio J. Dubé de Luque.

Como pasa el tiempo, parece que fue ayer y ha pasado ya un cuarto de siglo desde que un grupo de cofrades decidieron refundar una cofradía y así devolver a Puente Genil un paso de misterio desaparecido.

Nada más y nada menos que se trataba del trascendental momento en que el Señor instituye la Eucaristía, pan de vida, alimento espiritual, consuelo y refugio para los cristianos. Era el procesionar el Misterio que integra el mayor número de imágenes de cuantos salen en la Semana Santa. Todo un reto que, gracias a la labor magnífica y el tesón de sus cofrades se consiguió y el resultado está ahí cuando cada Lunes Santo congrega en su tránsito por la calles pontanas a miles de personas a su alrededor.

Esta Cofradía vino a ser como un revulsivo para la Semana Santa de Puente Genil. Integró por vez primera bajo un paso a la figura del costalero, no sin críticas de los inmovilistas que auguraban una pérdida de identidad, que los años se han encargado de desmentir.

Recuerdo mi primer contacto con los hermanos de esta Cofradía en la primera mitad de la década de los ochenta del pasado siglo. Mis queridos amigos de la Hermandad de la Sagrada Cena de Sevilla, me comentaron que por haber adquirido la de Puente Genil su antiguo Misterio deseaban encargarme a mí la imagen del Señor. Quien me iba a decir que ese conjunto de apostolado que había yo restaurado en 1965, primer escarceo en el mundo de la imaginería y tras una desafortunada intervención anterior, que estuvo a punto de dejarlo sin procesionar, iba a estar presidido por una imagen de Cristo que yo realizaría más adelante.

Y así fue. La primera vez que me entrevisté con aquellos ilusionados cofrades, varios de ellos ya gozan de la presencia de Dios, me impactó por su cordialidad, clase y señorío, y, todo se tradujo después en una fraterna amistad que perdura hasta nuestros días.

En el proceso de ejecución del Señor, se sucedían las visitas siempre agradables de estos cofrades, que seguían el trabajo desde su inicio con el boceto de la cabeza del Cristo, su talla en la madera, y su conclusión con la fase de policromía.

También tengo el gratísimo recuerdo de la bendición del Señor. Fue mi primera visita a Puente Genil y mi primer contacto con el ambiente manantero de esta Ciudad. Los hermanos de la Hermandad se deshicieron en atenciones. A mi esposa a mi nos llevaron a visitar los famosos cuarteles, y, curiosamente, al parecer mi mujer era la primera que entraba en ellos, lo que produjo una serie de comentarios, pero el trato fue siempre exquisito con nosotros lo que agradecimos profundamente cuando nos enteramos de tal circunstancia. Conocimos el miserere ante la puerta del Templo de Jesús Nazareno. Todo ello fue un cúmulo de sensaciones nuevas para mí, que me hizo comprender la riqueza de las tradiciones centenarias de esta bendita tierra.

El día de la Bendición Solemne del Señor, lo recordaré siempre por el ambiente fraterno que reinaba en el Templo y las palabras de S. E. R. D. José Antonio Infantes Florido que en su homilía hizo defensa de las Cofradías de manera rotunda e inequívoca.

Después vendría el encargo de la figura de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Amor. Desde el primer momento me plantee su ejecución como algo diferente. Tenía que ser la Virgen que presentía en su corazón lo que acontecería tras el última Cena de su Divino Hijo. Pero Ella no debería tener una expresión de dolor fuerte. Su mirada se elevaría al Cielo como demandando una explicación, un por qué tenía que cumplirse la profecía del anciano Simeón en Aquel que no había hecho daño a nadie, que resucitó a los muertos, que sanó a los enfermos y sus palabras eran de esperanza en un mundo mejor.

Todo ello lo medité mientras las gubias iban desbastando a cortes limpios la madera de cedro con la que iba configurando su bendito rostro. Me esforcé para que Ella en su incipiente tristeza continuara siendo la llena de gracia que Dios había elegido para Madre de su Hijo. Pensé para Ella en un palio de malla calado para que su mirada al cielo no encontrara obstáculo.

Cuando la finalicé, se repitieron las escenas de emoción de los queridos cofrades de la Hermandad que la contemplaron en mi estudio. Ya vestida, el malogrado fotógrafo sevillano Antonio Fernández (Fernand), le hizo una colección de fotos preciosas, al igual que lo hizo con la imagen del Señor.

Me viene a la memoria la alegría que reinaba en el Templo el día de su bendición. Varias personas me preguntaban sobre detalles que observaban en la Imagen, tales como podía haberle tallado los dientes, como estaban hechas las lágrimas de cristal fino, que en qué mujer me había fijado como modelo, etc., todo ello usual en la bendiciones de las imágenes religiosas. Pero hubo algo que me llenó de satisfacción; el contemplar que el pueblo fiel la había aceptado de manera entusiasmada, señal que la Virgen tenía carisma y atraería hacia ella la devoción de los fieles.

Y es que es muy importante para nuestro trabajo que los imagineros sepamos transmitir a nuestra imágenes la unción sagrada necesaria para que sirvan de vehículo hacia Dios. Una imagen por muy bella que sea si no transmite no sirve para el culto.

Podrá ser una pieza de museo interesante pero nunca para recibir culto en un Templo.

Así, en cada Imagen Sagrada que se realiza va un retazo de la vida del escultor que le transmite vida con sus sentimientos y, sobre todo, si es creyente como tiene que serlo, la oración mental con el Señor, para que guíe su mano a la hora de labrar la madera para que al final lo represente con la dignidad que se merece.

Enhorabuena a mis queridos cofrades de la Hermandad de la Sagrada Cena por esta celebración tan especial que demuestra una mayoría de edad y el buen hacer de cuantos han ido dejando lo mejor de cada en pro de esta Corporación Sacramental y Nazarena de esta ciudad pontana.